Post 23: Conversaciones pendientes, conversaciones perdidas

Ultimamente estoy viviendo un momento vital (valga la redundancia) en el que me estoy enfrentando a mí misma y estoy cambiando las cosas que no me gustan o la gente que tengo a mi alrededor y ya no me aporta nada. Ya he dado unos cuantos pasos para avanzar y modificar cosas de mi vida que no me gustaban y que me generaban malestar. Estoy encauzando mi vida de nuevo, le estoy dando valor. Me estoy dando valor. También echo la vista atrás y me gustaría que ciertas personas lo vivieran conmigo.


Siempre que me cruzo con una de las vecinas que vive en el primer piso de mi edificio me gusta pararme a hablar con ella. Me conoce desde que era un bebé y ha visto cómo mi tío y mi padre nacían, por lo que conoce bien la vida de mi abuela. Ella ha sido espectadora de su vida y eso me genera un vínculo brutal. Desde la adolescencia me uní más a mi abuela porque me di cuenta de que ella me comprendía. Nació en Madrid apenas 10 años antes de la Guerra Civil, eran otros tiempos y sufrió mucho, pero a pesar de crecer en momentos diferentes ella era muy moderna. Según lo que había vivido había aprendido a relativizar las cosas y tenía una mente muy abierta. De hecho siempre solía decirme: “tenía que haber nacido en otra época, la que me tocó vivir no era la mía, lo sé”. Se quedó viuda siendo muy joven, con dos niños pequeños, y lo último que quería hacer era quedarse de luto para lo que aún le quedaba de vida. Así que decidió seguir adelante, se puso a trabajar de sastre y sacó a sus hijos adelante. En su barrio la conocían como “la viuda alegre”, pero, ¿qué se supone que iba a hacer? ¿Esperar a que llegara un hombre para mantenerla? De eso nada.


Para ella debió ser duro perder a su marido de repente y creo que por eso no me habló de él. Debió quererle mucho, debieron quererse mucho, pero también debió ser duro convivir con él. Hasta que mi abuela no falleció no vi una foto de mi abuelo, que encontramos en una pequeña caja de latón junto a muchas otras fotografías. En concreto eran dos: una en la que salía él solo, su retrato; y otra de ellos paseando por la Gran Vía. Qué estilo tenía mi abuela, así he salido yo.


Desde que tengo uso de razón siempre me ha interesado conocer lo que pasó antes de mi propia existencia. Siempre he tenido una obsesión por el tiempo, por saber dónde estaba en cada momento dentro de la línea temporal. Por eso siempre me quedé con la duda por saber quién era mi abuelo paterno. Quiero decir, sé a lo que se dedicaba y cómo se conocieron mi abuela y él, pero tengo la duda de saber cómo era él. Por eso, el encontrarme con mi vecina del primero y amiga de mi abuela suscita en mí la disipación de muchas dudas. Hace un tiempo le pregunté por él, para ver qué me contaba. Me dio a entender que tenía un carácter complicado y me dio un dato muy interesante sobre su aspecto físico: tenía un antojo en la cara, una mancha rosácea en el moflete derecho. También debía ser muy alto porque a ella, ya siendo niña, le impresionaba cada vez que se lo cruzaba. Pueden ser datos insulsos, pero para mí son importantes porque me acercan más a él.



Sin embargo, también creo que se me quedarán muchas dudas en el tintero. Eso es algo inevitable. Pero mi ansia por saber no decaerá nunca, así que me iré con la mayor información posible.




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