Post 24: El metro

La desintoxicación del transporte público viene muy bien. Tener la capacidad de ir andando a los sitios que quieres es una ventaja, pero cuando tu rutina diaria cambia porque has pasado a la siguiente fase de tu vida, te tienes que replantear las cosas. Ya no basta con dan un corto paseo. No. Ahora tienes que entrar en el metro, hacer transbordo y, encima, coger un cercanías. Es un ambiente completamente hermético, que te engulle. La gente va con mala cara, independientemente de la hora, y todo están pegados a las pantallas de su teléfono móvil. O la tablet. Cualquier cosa que les ayude a aislarse de lo que tienen a su alrededor.


Hay poca gente que vaya con un libro o con el periódico. Y lo echo de menos. Cuando iba a la universidad, sabiendo que iba a hacer un trayecto relativamente largo en el transporte público, siempre llevaba conmigo un libro. Y daba igual si tenía la suerte de conseguir un asiento porque siempre lo sacaba de la mochila para continuar con mi lectura. Había momentos críticos en los que apenas te quedaban unas pocas páginas para acabar y pensabas: mierda, tenía que haber echado otro libro a la mochila. Qué tiempos aquellos.


Tengo que retomar esa rutina porque realmente devoraba los libros. Siempre me ha gustado mucho leer y ahora lo hago en el sofá, pero me cuesta más ponerme a ello. Es algo que te enriquece y que me fuerzo a ello porque nunca sacarás algo negativo de un libro, da igual el que sea.


Pero hoy no vengo a hablar de eso. Como bien he dicho antes, estoy empezando una nueva fase en la que tengo que volver a invertir mucho tiempo en el transporte público y, como ya no tengo el hábito de echarme un libro al bolso, pues me da por mirar qué tengo a mi alrededor. Y la foto que adjunto en este post ilustra muy bien lo que voy a contar. A veces tienes que esperar en el andén a que llegue otro metro porque no te da la gana de ir corriendo como hace el resto de los habitantes de este mundo, porque total, como mucho serán 4 minutos de espera. Y como tampoco te da la gana estar mirando el móvil, pues miras al andén de enfrente y descubres una maravilla de la naturaleza. Un niño, de no más de 3 años, grandón, regordete, con sus zapatillas de deporte y unos pantalones cortos haciendo de las suyas en el andén de enfrente. Sentadito en el banco con su madre, se levanta y, a tientas, intenta sentarse en el reposabrazos de piedra, para jugar, pero se da cuenta de que quizás no es una buena idea. Y no para de hablar, de pegarse a su madre y dude darle besos. Creo que no he visto un niño más adorable en mucho tiempo, me deja completamente hipnotizada.



Menos mal que, a pesar de la negatividad que se respira en el metro, todavía quedan pequeños resquicios de luz. Solo hay que observar para encontrarlos.



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